EDUCAR: CONSTRUIR UN NUEVO SENTIDO.

 

En Ciudad de Cristal, el primero de los tres cuentos de La Trilogía de Nueva York de Paul Auster, aparecen dos personajes emblemáticos: Peter Stillman –padre- y Daniel Quinn. 

Stillman, un excatedrático caído en desgracia, elabora una teoría; trabaja en ella y su tarea de campo consiste en salir cada mañana desde el mugroso hotel donde vive, a recorrer las calles de la gran manzana. Lleva una bolsa en la que va coleccionando todo tipo de objetos que encuentra tirados y que luego deposita en su dormitorio.

Quinn, escritor devenido en detective, tiene por misión seguir a Stillman. Hay un diálogo en el cual Stillman revela su hipótesis: “Verá, el mundo está fragmentado, señor. Y mi tarea es volver a unir los pedazos…No solo hemos perdido nuestro sentido de finalidad, también hemos perdido el lenguaje con el que poder expresarlo.”

Quinn en un desesperado intento por comprender aquella actividad de Stillman, dibujaba los periplos que este realizaba, para descubrir alguna clave en supuestas letras que adrede pudiera estar trazando como mensaje en sus caminatas. En sus intentos Quinn se dispersó y llegó a un país imaginario de fragmentos, un lugar de cosas sin palabras y palabras sin cosas.

Stillman, quien deambula por el mundo actual, representa un poco a la educación; su hipótesis es la propia de escuelas y educadores hoy en día. Volver a plantear alguna posibilidad de nueva síntesis y unidad, de tomar los fragmentos del pasado y las cosas nuevas, para dotarlas por el lenguaje de un nuevo sentido y finalidad en los que las generaciones jóvenes puedan ingresar e identificarse.

Muchas veces, no siempre, las idas y vueltas que instituciones y gobiernos  plantean sobre los esquemas y reformas educativas, curriculares y pedagógicas, se parecen a esas largas caminatas de Stillman por la modernidad, que al querer decodificarse conducen a lugares fragmentados de cosas sin palabras y palabras sin cosas.

Más al sur, nuestro Borges, en Vindicación de “Bouvard et Pécuchet”, se refirió a estos dos personajes creados por Flaubert, a quienes se les hace leer una biblioteca para que no la entiendan. Cita a Emile Faguet, quien argumenta contra los personajes, mencionando que el propio Flaubert, para idear las reacciones de sus dos imbéciles imaginarios, leyó mil quinientos tratados de agronomía, pedagogía, medicina, física, metafísica, etc., con el propósito de no comprenderlos; y observa que “Si uno se obstina en leer  desde el punto de vista de un hombre que lee sin entender, en muy poco tiempo logra no entender absolutamente nada y ser un obtuso por cuenta propia”.

En definitiva podemos coincidir con Stillman: el mundo está fragmentado y nuestra tarea educativa es volver a descubrir y construir una nueva unidad, un nuevo sentido y las palabras que lo expresen y con las cuales podamos comprenderla y, sobre todo, puedan comprenderla las generaciones que vienen.

 

Juan Carlos Giorgieri

Director General


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